El encuentro con una visión holista, alternativa y trascendente
de la realidad se remonta a mi infancia en California en los años
sesentas. Nací en Baja California y pasé mis primeros
años viviendo un tiempo en Tijuana y otro en Los Ángeles,
en la zona que fue la cuna de la contracultura mundial, origen de los hippies y punto de expansión de la filosofía
oriental en Occidente. Para muchos, California representaba la sociedad
futura, se decía que si querían saber cómo iba
a ser el mundo en 50 años vieran como era California, una sociedad
abierta a todo, donde la historia y el pasado importaban poco o nada
y el interés estaba concentrado en el ahora, en el momento existencial
en el que ocurrían las cosas. Fue en este lugar donde el materialismo,
la razón y el ateísmo, es decir, la modernidad, sufrieron
quizás su primera crítica significativa desde una posición
tanto postmoderna como transmoderna. La contracultura de los sesentas
rechazaba el materialismo y la modernidad y abogaba por un nuevo mundo
más humanizado que se reconectara nuevamente con la esencia última
del kosmos. Después de siglos de represión en Occidente,
el espíritu volvió a asomarse en los sesentas.
Este ambiente postmoderno y transmoderno al mismo tiempo marcó
una nueva época en la historia de Occidente y fue muy importante
para mí porque sintonizaba completamente con mis necesidades
espirituales. Desde niño sentía y me atraía fuertemente
un anhelo natural de trascendencia espiritual, la contracultura era
afín a este anhelo por lo que me sentía totalmente adaptado
al movimiento, me sentía en mi mundo, un mundo que proclamaba
amor y paz y la reconciliación de todos los seres humanos. Asimilé
este mensaje y mi niñez fue una aventura maravillosa de espiritualidad
libre en un ambiente lleno de significado sagrado.
Una serie muy profunda de experiencias espirituales infantiles habían
aumentado mi interés por la espiritualidad aunque habían
mermado mi salud física al grado que necesité asistencia
médica. Una noche llamé a gritos a mi madre para que viniera
a ver a un niño que me hablaba y me pedía que me fuera
con él; mi madre me decía que no había nadie en
la habitación pero yo insistía en la presencia de un niño
que se iba elevando al cielo y me llamaba para que lo acompañara.
Mi madre me abrazó y me calmó, se quedó conmigo
hasta que me dormí. A la mañana siguiente escuchamos llorar
a la vecina, llegó a nuestra casa y entonces supimos que durante
la noche su pequeño hijo había muerto. Mi madre quedó
impactada. Ese y otros hechos similares hicieron que mi madre derramara
sobre mí un cuidado muy especial, que me atendiera y me hiciera
sentir un niño amado. La visita, tiempo después, de una
mujer que se anunció como vidente redobló los esfuerzos
de mi madre por cuidarme y protegerme. El amor de las madres mexicanas
por sus hijos es una característica muy valiosa de nuestra cultura
y yo sentí el beneficio de ello.
No recuerdo cuando empezó mi anhelo espiritual, creo que nació
conmigo porque no recuerdo una etapa en mi vida que no lo haya sentido.
Desde pequeño pensaba mucho en Dios y dialogaba con él.
Me gustaba meditar, observar el cielo y las nubes, experimentar el silencio
y el susurro del viento y entonces un sentido de bienaventuranza me
abrazaba y me llenaba de alegría. Sentía la presencia
de lo divino, sentía una conexión con lo trascendente.
Pero, extrañamente, aunque mi familia era católica e íbamos
todos los domingos a misa y teníamos las imágenes cristianas
habituales de todo hogar mexicano, sentía una atracción
muy grande por la espiritualidad oriental, la sentía muy natural,
muy interesante y muy profunda, para mí era totalmente compatible
con las enseñanzas originales de Cristo hacia quien sentía
una gran devoción, además, ya se rumoraba que en sus años
perdidos había estado en la India y Egipto en escuelas de misticismo.
Estas experiencias infantiles hicieron que concibiera una relación
natural entre la espiritualidad y el conocimiento del mundo, mi visión
de las cosas quedó espiritualizada para siempre. Físicamente
vivía en la modernidad pero mi conciencia era transmoderna, sentía
que sin espiritualidad no tenía nada, sin espiritualidad el mundo
era un lugar sin sentido; afortunadamente para mí estaba creciendo
en un ambiente contracultural que honraba la espiritualidad.
En los años sesentas en California brotó por primera vez
el interés por una nueva visión del mundo, por nuevos
paradigmas del conocimiento y por una educación con rostro humano
que no estandarizara a los seres humanos sino que les permitiera desarrollarse
con libertad sobre la base de sus necesidades e intereses particulares.
Un hecho clave que ayudó a la búsqueda de visiones alternativas
del mundo fue el sufrimiento humano generado por la guerra de Vietnam
que nos tocó vivir de manera muy intensa. El gobierno de los
Estados Unidos decidió entrar en la guerra pero nosotros los
mexicanos pusimos muchos de los muertos, la cantidad de combatientes
chicanos caídos en esta guerra fue enorme. En ese tiempo vivía
en el Este de los Ángeles con mi familia y en el vecindario chicano
flotaba un ambiente de tragedia y dolor, no había una cuadra
donde no hubieran perdido a alguien. Era costumbre, cuando un combatiente
moría, poner una bandera en las casas, estas simbolizaban la
muerte y la pérdida de lo que más amábamos, lo
que creaba una atmósfera de mayor sufrimiento, desconcierto y
necesidad de respuestas existenciales y espirituales. Recuerdo la manera
como se multiplicaron en esa época los lisiados, los suicidios
y los locos. La gente clamaba por el fin de la guerra y este anhelo
se reflejaba en la música de la época, muchas canciones
hablaban sobre el fin de la guerra, la importancia del amor, la fraternidad
universal, el sentido de la existencia, la necesidad de una meta espiritual
o la naturaleza humana, como aquella que decía: “Todos somos
polvo en el viento”.
En las universidades, principalmente en la de Berkeley y Los Angeles
(UCLA), se generó un gran movimiento por la paz. Por radio y
televisión se escuchaban los reportes de las grandes manifestaciones
pacifistas y sus reclamos por el fin de la guerra. Una de las bases
militares más activas en ese tiempo era la base naval de San
Diego, la autopista a los Ángeles que recorría frecuentemente
pasaba a un lado de ella y uno podía ver los impresionantes portaviones
nucleares de la marina norteamericana con sus grandes cañones
y jets de combate; la imagen era tan sorprendente que parecía
irreal, tanto esfuerzo humano invertido para construir una máquina
para matar masivamente seres humanos. Al lado de este despliegue militar
de muerte estaba el despliegue humano por la vida y la espiritualidad
de la contracultura. Como un niño que estaba asimilando la visión
de su mundo occidental me sentía sorprendido por estas dos visiones
tan diferentes que cotidianamente encontraba en lo público y
en lo privado. La guerra de Vietnam era un tema cotidiano que los profesores
comentaban con nosotros en la escuela, este interés era alimentado
cuando llegaban los cuerpos de combatientes chicanos muertos; siempre
concluíamos en la necesidad de la paz y de un nuevo mundo. En
este ambiente, el lema: “Amor y Paz” se convirtió en un símbolo
de la época, el estar tan cerca del horror de la guerra hacía
que este lema tuviera mucho sentido. La guerra impulsaba su contrario:
la paz. Guerra y paz eran temas que estaban en boca de todos. Fue en
este ambiente donde escuché por primera vez el concepto de amor
universal y brotó en mí la convicción profunda
de que sin espiritualidad no tenemos nada.
Una experiencia muy importante para mí fue mi encuentro, cuando
era niño, con la filosofía oriental, que en ese tiempo
tenía una gran presencia en California y que me hizo darme cuenta
de las diferentes visiones del mundo que existían. Crecí
en un multiculturalismo que me enseñó a ser abierto y
comprender que existían diferentes formas de percibir la realidad.
En California había gente de todo el mundo, era un lugar cosmopolita
y me gustaba conocer niños y gente de diferentes países
así como de diferentes religiones. Un día, durante una
visita al centro de Los Ángeles, caminando por sus calles me
encontré de frente con un grupo de cantantes krishnas, la experiencia
era tan inusitada que me dejó pasmado, era algo tan diferente
a todos mis referentes de realidad que era como si estuviera viendo
seres extraterrestres. Todos eran norteamericanos de piel blanca, el
corte de su pelo solo con una pequeña trenza era rarísimo
para mí, la marca en el entrecejo y la ropa oriental anaranjada
completaban el cuadro; su música estaba llena de devoción
religiosa y aunque yo no comprendía exactamente lo que significaba
todo eso sentía que era un elemento más de la diversidad
cultural en la que vivía. El espectáculo le parecía
tan interesante y novedoso a mi mente infantil que permanecí
un buen rato observando sus cantos y bailes ante la mirada enfadada
y escéptica pero siempre tolerante de mi madre. Durante años,
seguí disfrutando de sus cantos y del espectáculo que
ofrecían. Leí un poco sobre ellos y supe que Baktivedanta
Swami Praupada, un hindú, acababa de fundar el movimiento mundial
para la conciencia de Krishna en los Estados Unidos y que Krishna había
sido un personaje de la India milenaria, un Mesías, un profeta,
una encarnación divina, alguien anterior a Jesús que,
finalmente, también se consideraba un dios o, más bien,
la suprema personalidad de dios. La gran duda que dejó sembrada
todo esto en mi mente infantil fue: “Entonces, ¿Jesús
no fue el único Mesías?”. Mientras el cristianismo asume
que sólo ha habido una encarnación divina, el hinduismo
acepta múltiples encarnaciones divinas, lo que le evita muchos
problemas y le permite convivir pacíficamente.
Como producto del espíritu de la época mi casa estaba
llena de libros de filosofía oriental, literatura universal y
política. La lectura de la novela de Hermann Hesse, “Siddartha”,
cuando tenía seis años y estaba en primero de primaria,
me introdujo al budismo, que inmediatamente me fascinó, aunque
obviamente no entendía todo lo que significaba me dejó
un aroma, un mensaje, una orientación hacia lo trascendente que
encajaba con algo dentro de mí. Unos años después
leí el libro: “Filosofía Perenne”, de Aldous Huxley, lo
que afirmó más mi concepción de una espiritualidad
universal abierta, la existencia de un núcleo original de enseñanzas
espirituales que están en la base de las grandes religiones;
a este núcleo común se le conoce como Filosofía
Perenne.
Seguí leyendo sobre budismo y las imágenes del buda que
algunos usaban en la contracultura se me hicieron familiares. El ambiente
de California estaba lleno de filosofía oriental y el hecho de
que algunos profesores universitarios y académicos de gran prestigio
la respaldaran y recomendaran hizo que se diseminara rápidamente.
También influyó la relación que establecieron los “Beatles” con el Maharishi Mages Yogui pues la Meditación
Trascendental se propagó con gran éxito y el interés
por la filosofía oriental y el yoga en sus diferentes versiones
creció como nunca. Académicos como Aldous Huxley, Huston
Smith, Jacob Needleman, Ram Dass (Richard Alpert), y otros, habían
abrazado una visión de la realidad que incluía de manera
central la espiritualidad oriental. Ellos señalaban la validez
de la experiencia espiritual y la necesidad de que Occidente se abriera
a la filosofía perenne. Su mensaje era claramente una critica
a la mente moderna que se caracteriza por ser totalmente antimetafisica,
antiespiritual y antitrasendente. Especial impacto tuvo el activismo
de un profesor de psicología de la Universidad de Harvard llamado
Richard Alpert quien abandonó la universidad, se cambió
el nombre, dejó las aulas universitarias y se dedicó a
difundir la filosofía oriental a través de una vida compasiva
y de conocimiento transpersonal del Ser, este legendario profesor llegó
a conocerse mejor como Ram Dass. Su influencia, desde los sesentas hasta
la fecha, ha sido enorme.
También en esa época recibí la influencia de liderazgos
políticos novedosos que surgieron en esa región tan creativa.
Especial importancia tuvo para nosotros el liderazgo de César
Chávez, quien fundó los sindicatos de los trabajadores
agrícolas mexicanos que carecían de derechos laborales
y humanos y eran explotados y discriminados por los empresarios estadounidenses.
Me sentía identificado con el movimiento chicano de la “raza”
y su lucha por terminar con la discriminación que sufrían
los mexicanos que vivían en California. En realidad, había
un movimiento histórico de resistencia cultural y política.
Muchos veían que California era mexicana pero estaba ocupada
por los estadounidenses, la esperanza de que un día volvería
a ser parte de México no se perdía, a pesar de la indiferencia
de las autoridades tanto de Estados Unidos como de México. Ya
en el siglo XIX habían existido movimientos de resistencia encabezados
por caudillos que los angloamericanos habían catalogado como
bandidos; no eran bandidos, sino gente que quería defender a
sus familias del despojo de sus tierras y propiedades. En los sesentas,
la comunidad chicana estaba olvidada por el gobierno mexicano, así
que surgían liderazgos locales para luchar por los derechos de
los mexicanos, así fue como César Chávez llegó
a ser una figura muy representativa en ese tiempo que estimuló
en mí el anhelo por la compasión universal porque seguía
el principio de “Ahimsa”o camino de la no violencia que había
tomado de Gandhi, su política era la resistencia pacifica, el
diálogo y la reconciliación, lo veía como un genuino Bodhisattva, como el Bodhisattva de la gente mexicana,
y concluía que estos seres espirituales elegían renacer
principalmente en culturas oprimidas para aliviar el sufrimiento de
la gente necesitada. Esta idea de que el Bodhisattva surge
principalmente de entre la gente más lastimada era reforzada
por mi conocimiento en esos años de Martin Luther King y el Dalai
Lama, que también eran lideres de comunidades oprimidas. La política
de todos ellos era transpartidista, en su practica combinaban política
con espiritualidad, esto era posible por el alto nivel de conciencia
que poseían lo que les permitía disolver conflictos, mantener
el diálogo y propiciar la reconciliación. César
Chávez, Martin Luther King y el Dalai Lama forjaron, en aquellos
años, un nuevo paradigma de hacer política de un nivel
tan genuino, honesto e integral que hoy es el modelo al que aspiramos
para hacer realidad una sociedad sustentable.
Dentro de la opulencia económica de la región californiana
donde uno podía ver cotidianamente autos Ferrari, Jaguar, Porche,
Cadillac, Lincon, etc., de los muchos millonarios que existían,
también había lugar para encontrarse con la pobreza extrema
y la desesperanza. A Tijuana llegaba una gran cantidad de emigrantes
mexicanos del centro del país que buscaban cruzar la frontera
para aliviar su situación económica, aunque era muy pequeño
pude observar a gente que tenía días sin comer, gente
sin dinero, totalmente desorientados, llenos de miedo, que estaba en
los limites de la subsistencia, muchos no tenían conocidos ni
familiares y casi nadie de ellos sabia hablar inglés. Recuerdo
los rostros de muchos de ellos llenos de miedo y mortificación,
sentía mucha lástima y pena de verlos en esa situación.
Mi mente infantil fantaseaba que ese problema podría terminar
si los millonarios que veía en los campos de golf dieran algo
de su dinero. La gente mexicana en Tijuana era sumamente compasiva y
siempre estaba ayudando a esta gente. Ese es un dato que ahora me llama
la atención, la actitud abierta, sincera y humana de la gente
de Tijuana, ver la tolerancia y respeto por los emigrantes que paseaban
por nuestras calles fue una gran enseñanza; nunca nadie protestó
por eso, ni se les echaba la culpa por los problemas propios de Tijuana,
se aceptaba y se ayudaba de buen corazón en la medida de las
posibilidades de cada cual. Aprendí a ver la movilidad social
como algo natural; el cambio, la adaptación y mirar al futuro
era parte de la educación de los niños de la frontera,
nuestra sociedad fronteriza no era estática, no estaba petrificada
en el tiempo, no estábamos encadenados por tradiciones, me gustaba
por abierta y trabajadora, la idea de llegar a ser mejores y progresar
en todos los sentidos era visto como algo natural, algo deseable, algo
bueno.
Una mañana de los sesentas me encontraba sentado con mi madre
en la limpia y hermosa estación del tren en San Diego para viajar
a Los Angeles, cuando, de repente, se sentaron a mi lado unos hippies,
eran afectuosos, amables y sencillos, me miraban con cortesía
y bondad haciendo la señal con sus manos de “Peace and Love”.
Vestían huaraches, pantalones de mezclilla y camisas psicodélicas,
hablaban de música y sobre el sentido de la libertad. Subimos
todos al tren y nos sentamos muy cerca de ellos, lo suficiente para
vernos y oírnos mutuamente durante todo el trayecto; ellos también
me observaban constantemente con curiosidad. Durante el viaje recordé
los numerosos encuentros que había tenido con ellos a ambos lados
de la frontera, en la avenida Revolución en Tijuana, en el centro
de Los Angeles y ahora en el tren rumbo a San Diego, estos encuentros
siempre fueron positivos y me quedé con una imagen muy agradable
de ellos, era gente muy pacifica y amigable, casi todos eran anglosajones
aunque también había chicanos y algunos mexicanos que
se les habían unido. Por mi parte, trataba de conocer más
sobre su búsqueda existencial y espiritual, de alguna manera
sentía su enfado por la sociedad materialista y compartía
su necesidad de una nueva visión del mundo. Ese viaje junto a
ellos, combinado con el hermoso paisaje californiano fue una experiencia
infantil extraordinariamente bella y espiritual que siempre he recordado
con gratitud. El movimiento hippie nos impactó a ambos
lados de la frontera, fue un movimiento de resistencia sumamente creativo
y original contra la sociedad de consumo y las preocupaciones puramente
económicas de los gobiernos. En ese sentido, la época
actual es más conservadora que en los sesentas; en aquel tiempo,
los niños y jóvenes pensaban en ser libres y felices,
hoy solo piensan en la profesión y el dinero que les va a redituar;
no es que sean cosas contradictorias, pero sin libertad y felicidad
es difícil ser un buen profesional y tener prosperidad económica
honesta. El movimiento hippie se desgastó y terminó,
el consumo generalizado de drogas fue un factor negativo del movimiento
que terminó con la vida de muchos de ellos. Lo que siguió
en los setentas ya no tenía casi nada del movimiento original.
Los sesentas mostraron al mundo la necesidad de mirar al espíritu
humano y humanizar la sociedad.
A fines de 1970, cuando estaba por cumplir once años, mi familia
emigró a Guadalajara, los horrores de la guerra de Vietnam habían
hecho que mi madre tomara la decisión de cancelar nuestra emigración
definitiva a Estados Unidos, tenía temor de que si continuaba
nuestra naturalización estadounidense mis hermanos mayores fueran
llamados a la guerra y, en un futuro, también yo. Ella rechazaba
totalmente la guerra y más la idea de que sus hijos participaran.
Así que, con estos años maravillosos de experiencia infantil
contracultural californiana, viajé con mi familia por primera
vez al centro de México, a Guadalajara, donde empezaría
un nuevo capítulo de mi encuentro con la trascendencia y la base
divina.
Ramón
Gallegos Nava
Guadalajara, Primavera de 2004
Derechos
Reservados © Dr. Ramón Gallegos Nava 2004