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"La esencia de lo que somos es espiritualidad, es amor universal, es compasión incondicional. Somos seres espirituales viviendo una experiencia humana"

 

 

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Tijuana, 1960

Los Angeles , 1969

Guadalajara, 1977

 

 

Dr. Ramón Gallegos Nava

Escritor, Educador Holista y Filósofo Perenne

Breve Biografía

Es doctor en educación, con maestría en sociología de la cultura y licenciatura en psicología. Nació en Baja California, México, en la Frontera México - USA. Vivió su infancia en la zona fronteriza de Tijuana - San Diego. A los 11 años emigró con su familia a la ciudad de Guadalajara, que se convirtió en su hogar definitivo. Haber vivido su infancia en California fue un hecho fundacional en su vida, ya que el movimiento de contracultura impactó profundamente su vida intensificando su interes por la espiritualidad. A los seis años empezó a leer filosofía oriental, especialmente budismo y más tarde la filosofía perenne de Aldoux Huxley lo que marcaría definitivamente su visión del mundo y su propia obra. A los 17 años inició la practica sistemática de meditación zen y su proceso de autoindagacion. A los 19 estableció una comunidad espiritual de jóvenes basada en la practica meditativa que duraría poco tiempo. A los 26 años estuvo como investigador invitado en al Universidad de California, Los Angeles (UCLA) para hacer su tesis de grado sobre psicología y religión entre emigrantes mexicanos.

En 1992, a los 32 años, estableció la Fundación Internacional para la Educación Holista en la ciudad de Guadalajara, México con el objetivo de difundir la educación holista y la filosofia perenne tanto en México como en el ámbito mundial. La Fundacion es la oficina administrativa que tiene como proposito diseminar sus enseñanzas y sus pensamiento holista en los diferentes paises, asi como editar y distribuir su obra literaria. La importancia y la gran originalidad de su pensamiento holista lo han convertido en uno de los pioneros del movimiento mundial de la Educación Holista. Ha mantenido diálogos con una gran cantidad de lideres holistas, filósofos, científicos, educadores, místicos, escritores, políticos, etc., de Oriente, Europa y América, entre ellos se encuentran David Peat, Hazel Henderson, Karl Pribram, Allan Anderson, David Fontana, etc. Muchos de estos diálogos han sido recogidos en algunos de sus libros convirtiéndose en clásicos de la educación holista y la filosofia perenne.

En 1996 recibió reconocimiento nacional por la ANUIES por su trabajo educativo titulado PROYECTO CUANTUM ; Un Modelo Universitario para el Desarrollo Sustentable. En 2001 recibio reconocimiento internacional con el "Premio Book of the Year 2001" por su libro "Educacion Holista". Ha coordinado 30 diplomados, 50 cursos y dictado más de 100 conferencias sobre educación holista, convirtiéndolo en el autor en el ámbito mundial que más ha escrito y hablado sobre educación holista. Actualmente coordina el Doctorado y la Maestría en Educación Holista.

Ha publicado 20 libros, 12 de ellos sobre educación holista. Su libro: "El Espiritu de la Educacion" es considerado por muchos el libro mas importante escrito a nivel mundial sobre educacion holista. Sus obras hasta el momento son las siguientes:

  • Educación Holista
  • El Espíritu de la Educación
  • Educación y espiritualidad
  • La Educación del Corazón
  • Una Visión Integral de la Educación
  • Comunidades de Aprendizaje
  • Pedagogía del Amor Universal
  • Aprender a Ser
  • Diálogos Hollistas
  • Sabiduría, Amor y Compasión
  • El camino de la Filosofía Perenne
  • Inteligencia Espiritual

Publicación en inglés: 

"Holistic Education: Pedagogy of Universal Love", 2000, Foundation for Educational Renewal,  

"The Spirit of Education", 2003 (en proceso de traducción)

Actualmente la obra del Dr. Ramón Gallegos Nava se ha convertido, en México y en el mundo, en una obra de gran trascendencia para la evolución educativa y espiritual de los seres humanos. Vive en Guadalajara con su esposa y sus hijos Ramón, Diana y Dalia.

 

Los primeros años

(Fragmento tomado del libro: "Diálogos Holistas", Ramón Gallegos Nava, FINEH, México, 2004)

El encuentro con una visión holista, alternativa y trascendente de la realidad se remonta a mi infancia en California en los años sesentas. Nací en Baja California y pasé mis primeros años viviendo un tiempo en Tijuana y otro en Los Ángeles, en la zona que fue la cuna de la contracultura mundial, origen de los hippies y punto de expansión de la filosofía oriental en Occidente. Para muchos, California representaba la sociedad futura, se decía que si querían saber cómo iba a ser el mundo en 50 años vieran como era California, una sociedad abierta a todo, donde la historia y el pasado importaban poco o nada y el interés estaba concentrado en el ahora, en el momento existencial en el que ocurrían las cosas. Fue en este lugar donde el materialismo, la razón y el ateísmo, es decir, la modernidad, sufrieron quizás su primera crítica significativa desde una posición tanto postmoderna como transmoderna. La contracultura de los sesentas rechazaba el materialismo y la modernidad y abogaba por un nuevo mundo más humanizado que se reconectara nuevamente con la esencia última del kosmos. Después de siglos de represión en Occidente, el espíritu volvió a asomarse en los sesentas.
Este ambiente postmoderno y transmoderno al mismo tiempo marcó una nueva época en la historia de Occidente y fue muy importante para mí porque sintonizaba completamente con mis necesidades espirituales. Desde niño sentía y me atraía fuertemente un anhelo natural de trascendencia espiritual, la contracultura era afín a este anhelo por lo que me sentía totalmente adaptado al movimiento, me sentía en mi mundo, un mundo que proclamaba amor y paz y la reconciliación de todos los seres humanos. Asimilé este mensaje y mi niñez fue una aventura maravillosa de espiritualidad libre en un ambiente lleno de significado sagrado.
Una serie muy profunda de experiencias espirituales infantiles habían aumentado mi interés por la espiritualidad aunque habían mermado mi salud física al grado que necesité asistencia médica. Una noche llamé a gritos a mi madre para que viniera a ver a un niño que me hablaba y me pedía que me fuera con él; mi madre me decía que no había nadie en la habitación pero yo insistía en la presencia de un niño que se iba elevando al cielo y me llamaba para que lo acompañara. Mi madre me abrazó y me calmó, se quedó conmigo hasta que me dormí. A la mañana siguiente escuchamos llorar a la vecina, llegó a nuestra casa y entonces supimos que durante la noche su pequeño hijo había muerto. Mi madre quedó impactada. Ese y otros hechos similares hicieron que mi madre derramara sobre mí un cuidado muy especial, que me atendiera y me hiciera sentir un niño amado. La visita, tiempo después, de una mujer que se anunció como vidente redobló los esfuerzos de mi madre por cuidarme y protegerme. El amor de las madres mexicanas por sus hijos es una característica muy valiosa de nuestra cultura y yo sentí el beneficio de ello.
No recuerdo cuando empezó mi anhelo espiritual, creo que nació conmigo porque no recuerdo una etapa en mi vida que no lo haya sentido. Desde pequeño pensaba mucho en Dios y dialogaba con él. Me gustaba meditar, observar el cielo y las nubes, experimentar el silencio y el susurro del viento y entonces un sentido de bienaventuranza me abrazaba y me llenaba de alegría. Sentía la presencia de lo divino, sentía una conexión con lo trascendente. Pero, extrañamente, aunque mi familia era católica e íbamos todos los domingos a misa y teníamos las imágenes cristianas habituales de todo hogar mexicano, sentía una atracción muy grande por la espiritualidad oriental, la sentía muy natural, muy interesante y muy profunda, para mí era totalmente compatible con las enseñanzas originales de Cristo hacia quien sentía una gran devoción, además, ya se rumoraba que en sus años perdidos había estado en la India y Egipto en escuelas de misticismo. Estas experiencias infantiles hicieron que concibiera una relación natural entre la espiritualidad y el conocimiento del mundo, mi visión de las cosas quedó espiritualizada para siempre. Físicamente vivía en la modernidad pero mi conciencia era transmoderna, sentía que sin espiritualidad no tenía nada, sin espiritualidad el mundo era un lugar sin sentido; afortunadamente para mí estaba creciendo en un ambiente contracultural que honraba la espiritualidad.
En los años sesentas en California brotó por primera vez el interés por una nueva visión del mundo, por nuevos paradigmas del conocimiento y por una educación con rostro humano que no estandarizara a los seres humanos sino que les permitiera desarrollarse con libertad sobre la base de sus necesidades e intereses particulares. Un hecho clave que ayudó a la búsqueda de visiones alternativas del mundo fue el sufrimiento humano generado por la guerra de Vietnam que nos tocó vivir de manera muy intensa. El gobierno de los Estados Unidos decidió entrar en la guerra pero nosotros los mexicanos pusimos muchos de los muertos, la cantidad de combatientes chicanos caídos en esta guerra fue enorme. En ese tiempo vivía en el Este de los Ángeles con mi familia y en el vecindario chicano flotaba un ambiente de tragedia y dolor, no había una cuadra donde no hubieran perdido a alguien. Era costumbre, cuando un combatiente moría, poner una bandera en las casas, estas simbolizaban la muerte y la pérdida de lo que más amábamos, lo que creaba una atmósfera de mayor sufrimiento, desconcierto y necesidad de respuestas existenciales y espirituales. Recuerdo la manera como se multiplicaron en esa época los lisiados, los suicidios y los locos. La gente clamaba por el fin de la guerra y este anhelo se reflejaba en la música de la época, muchas canciones hablaban sobre el fin de la guerra, la importancia del amor, la fraternidad universal, el sentido de la existencia, la necesidad de una meta espiritual o la naturaleza humana, como aquella que decía: “Todos somos polvo en el viento”.
En las universidades, principalmente en la de Berkeley y Los Angeles (UCLA), se generó un gran movimiento por la paz. Por radio y televisión se escuchaban los reportes de las grandes manifestaciones pacifistas y sus reclamos por el fin de la guerra. Una de las bases militares más activas en ese tiempo era la base naval de San Diego, la autopista a los Ángeles que recorría frecuentemente pasaba a un lado de ella y uno podía ver los impresionantes portaviones nucleares de la marina norteamericana con sus grandes cañones y jets de combate; la imagen era tan sorprendente que parecía irreal, tanto esfuerzo humano invertido para construir una máquina para matar masivamente seres humanos. Al lado de este despliegue militar de muerte estaba el despliegue humano por la vida y la espiritualidad de la contracultura. Como un niño que estaba asimilando la visión de su mundo occidental me sentía sorprendido por estas dos visiones tan diferentes que cotidianamente encontraba en lo público y en lo privado. La guerra de Vietnam era un tema cotidiano que los profesores comentaban con nosotros en la escuela, este interés era alimentado cuando llegaban los cuerpos de combatientes chicanos muertos; siempre concluíamos en la necesidad de la paz y de un nuevo mundo. En este ambiente, el lema: “Amor y Paz” se convirtió en un símbolo de la época, el estar tan cerca del horror de la guerra hacía que este lema tuviera mucho sentido. La guerra impulsaba su contrario: la paz. Guerra y paz eran temas que estaban en boca de todos. Fue en este ambiente donde escuché por primera vez el concepto de amor universal y brotó en mí la convicción profunda de que sin espiritualidad no tenemos nada.
Una experiencia muy importante para mí fue mi encuentro, cuando era niño, con la filosofía oriental, que en ese tiempo tenía una gran presencia en California y que me hizo darme cuenta de las diferentes visiones del mundo que existían. Crecí en un multiculturalismo que me enseñó a ser abierto y comprender que existían diferentes formas de percibir la realidad. En California había gente de todo el mundo, era un lugar cosmopolita y me gustaba conocer niños y gente de diferentes países así como de diferentes religiones. Un día, durante una visita al centro de Los Ángeles, caminando por sus calles me encontré de frente con un grupo de cantantes krishnas, la experiencia era tan inusitada que me dejó pasmado, era algo tan diferente a todos mis referentes de realidad que era como si estuviera viendo seres extraterrestres. Todos eran norteamericanos de piel blanca, el corte de su pelo solo con una pequeña trenza era rarísimo para mí, la marca en el entrecejo y la ropa oriental anaranjada completaban el cuadro; su música estaba llena de devoción religiosa y aunque yo no comprendía exactamente lo que significaba todo eso sentía que era un elemento más de la diversidad cultural en la que vivía. El espectáculo le parecía tan interesante y novedoso a mi mente infantil que permanecí un buen rato observando sus cantos y bailes ante la mirada enfadada y escéptica pero siempre tolerante de mi madre. Durante años, seguí disfrutando de sus cantos y del espectáculo que ofrecían. Leí un poco sobre ellos y supe que Baktivedanta Swami Praupada, un hindú, acababa de fundar el movimiento mundial para la conciencia de Krishna en los Estados Unidos y que Krishna había sido un personaje de la India milenaria, un Mesías, un profeta, una encarnación divina, alguien anterior a Jesús que, finalmente, también se consideraba un dios o, más bien, la suprema personalidad de dios. La gran duda que dejó sembrada todo esto en mi mente infantil fue: “Entonces, ¿Jesús no fue el único Mesías?”. Mientras el cristianismo asume que sólo ha habido una encarnación divina, el hinduismo acepta múltiples encarnaciones divinas, lo que le evita muchos problemas y le permite convivir pacíficamente.
Como producto del espíritu de la época mi casa estaba llena de libros de filosofía oriental, literatura universal y política. La lectura de la novela de Hermann Hesse, “Siddartha”, cuando tenía seis años y estaba en primero de primaria, me introdujo al budismo, que inmediatamente me fascinó, aunque obviamente no entendía todo lo que significaba me dejó un aroma, un mensaje, una orientación hacia lo trascendente que encajaba con algo dentro de mí. Unos años después leí el libro: “Filosofía Perenne”, de Aldous Huxley, lo que afirmó más mi concepción de una espiritualidad universal abierta, la existencia de un núcleo original de enseñanzas espirituales que están en la base de las grandes religiones; a este núcleo común se le conoce como Filosofía Perenne.
Seguí leyendo sobre budismo y las imágenes del buda que algunos usaban en la contracultura se me hicieron familiares. El ambiente de California estaba lleno de filosofía oriental y el hecho de que algunos profesores universitarios y académicos de gran prestigio la respaldaran y recomendaran hizo que se diseminara rápidamente. También influyó la relación que establecieron los “Beatles” con el Maharishi Mages Yogui pues la Meditación Trascendental se propagó con gran éxito y el interés por la filosofía oriental y el yoga en sus diferentes versiones creció como nunca. Académicos como Aldous Huxley, Huston Smith, Jacob Needleman, Ram Dass (Richard Alpert), y otros, habían abrazado una visión de la realidad que incluía de manera central la espiritualidad oriental. Ellos señalaban la validez de la experiencia espiritual y la necesidad de que Occidente se abriera a la filosofía perenne. Su mensaje era claramente una critica a la mente moderna que se caracteriza por ser totalmente antimetafisica, antiespiritual y antitrasendente. Especial impacto tuvo el activismo de un profesor de psicología de la Universidad de Harvard llamado Richard Alpert quien abandonó la universidad, se cambió el nombre, dejó las aulas universitarias y se dedicó a difundir la filosofía oriental a través de una vida compasiva y de conocimiento transpersonal del Ser, este legendario profesor llegó a conocerse mejor como Ram Dass. Su influencia, desde los sesentas hasta la fecha, ha sido enorme.
También en esa época recibí la influencia de liderazgos políticos novedosos que surgieron en esa región tan creativa. Especial importancia tuvo para nosotros el liderazgo de César Chávez, quien fundó los sindicatos de los trabajadores agrícolas mexicanos que carecían de derechos laborales y humanos y eran explotados y discriminados por los empresarios estadounidenses. Me sentía identificado con el movimiento chicano de la “raza” y su lucha por terminar con la discriminación que sufrían los mexicanos que vivían en California. En realidad, había un movimiento histórico de resistencia cultural y política. Muchos veían que California era mexicana pero estaba ocupada por los estadounidenses, la esperanza de que un día volvería a ser parte de México no se perdía, a pesar de la indiferencia de las autoridades tanto de Estados Unidos como de México. Ya en el siglo XIX habían existido movimientos de resistencia encabezados por caudillos que los angloamericanos habían catalogado como bandidos; no eran bandidos, sino gente que quería defender a sus familias del despojo de sus tierras y propiedades. En los sesentas, la comunidad chicana estaba olvidada por el gobierno mexicano, así que surgían liderazgos locales para luchar por los derechos de los mexicanos, así fue como César Chávez llegó a ser una figura muy representativa en ese tiempo que estimuló en mí el anhelo por la compasión universal porque seguía el principio de “Ahimsa”o camino de la no violencia que había tomado de Gandhi, su política era la resistencia pacifica, el diálogo y la reconciliación, lo veía como un genuino Bodhisattva, como el Bodhisattva de la gente mexicana, y concluía que estos seres espirituales elegían renacer principalmente en culturas oprimidas para aliviar el sufrimiento de la gente necesitada. Esta idea de que el Bodhisattva surge principalmente de entre la gente más lastimada era reforzada por mi conocimiento en esos años de Martin Luther King y el Dalai Lama, que también eran lideres de comunidades oprimidas. La política de todos ellos era transpartidista, en su practica combinaban política con espiritualidad, esto era posible por el alto nivel de conciencia que poseían lo que les permitía disolver conflictos, mantener el diálogo y propiciar la reconciliación. César Chávez, Martin Luther King y el Dalai Lama forjaron, en aquellos años, un nuevo paradigma de hacer política de un nivel tan genuino, honesto e integral que hoy es el modelo al que aspiramos para hacer realidad una sociedad sustentable.
Dentro de la opulencia económica de la región californiana donde uno podía ver cotidianamente autos Ferrari, Jaguar, Porche, Cadillac, Lincon, etc., de los muchos millonarios que existían, también había lugar para encontrarse con la pobreza extrema y la desesperanza. A Tijuana llegaba una gran cantidad de emigrantes mexicanos del centro del país que buscaban cruzar la frontera para aliviar su situación económica, aunque era muy pequeño pude observar a gente que tenía días sin comer, gente sin dinero, totalmente desorientados, llenos de miedo, que estaba en los limites de la subsistencia, muchos no tenían conocidos ni familiares y casi nadie de ellos sabia hablar inglés. Recuerdo los rostros de muchos de ellos llenos de miedo y mortificación, sentía mucha lástima y pena de verlos en esa situación. Mi mente infantil fantaseaba que ese problema podría terminar si los millonarios que veía en los campos de golf dieran algo de su dinero. La gente mexicana en Tijuana era sumamente compasiva y siempre estaba ayudando a esta gente. Ese es un dato que ahora me llama la atención, la actitud abierta, sincera y humana de la gente de Tijuana, ver la tolerancia y respeto por los emigrantes que paseaban por nuestras calles fue una gran enseñanza; nunca nadie protestó por eso, ni se les echaba la culpa por los problemas propios de Tijuana, se aceptaba y se ayudaba de buen corazón en la medida de las posibilidades de cada cual. Aprendí a ver la movilidad social como algo natural; el cambio, la adaptación y mirar al futuro era parte de la educación de los niños de la frontera, nuestra sociedad fronteriza no era estática, no estaba petrificada en el tiempo, no estábamos encadenados por tradiciones, me gustaba por abierta y trabajadora, la idea de llegar a ser mejores y progresar en todos los sentidos era visto como algo natural, algo deseable, algo bueno.
Una mañana de los sesentas me encontraba sentado con mi madre en la limpia y hermosa estación del tren en San Diego para viajar a Los Angeles, cuando, de repente, se sentaron a mi lado unos hippies, eran afectuosos, amables y sencillos, me miraban con cortesía y bondad haciendo la señal con sus manos de “Peace and Love”. Vestían huaraches, pantalones de mezclilla y camisas psicodélicas, hablaban de música y sobre el sentido de la libertad. Subimos todos al tren y nos sentamos muy cerca de ellos, lo suficiente para vernos y oírnos mutuamente durante todo el trayecto; ellos también me observaban constantemente con curiosidad. Durante el viaje recordé los numerosos encuentros que había tenido con ellos a ambos lados de la frontera, en la avenida Revolución en Tijuana, en el centro de Los Angeles y ahora en el tren rumbo a San Diego, estos encuentros siempre fueron positivos y me quedé con una imagen muy agradable de ellos, era gente muy pacifica y amigable, casi todos eran anglosajones aunque también había chicanos y algunos mexicanos que se les habían unido. Por mi parte, trataba de conocer más sobre su búsqueda existencial y espiritual, de alguna manera sentía su enfado por la sociedad materialista y compartía su necesidad de una nueva visión del mundo. Ese viaje junto a ellos, combinado con el hermoso paisaje californiano fue una experiencia infantil extraordinariamente bella y espiritual que siempre he recordado con gratitud. El movimiento hippie nos impactó a ambos lados de la frontera, fue un movimiento de resistencia sumamente creativo y original contra la sociedad de consumo y las preocupaciones puramente económicas de los gobiernos. En ese sentido, la época actual es más conservadora que en los sesentas; en aquel tiempo, los niños y jóvenes pensaban en ser libres y felices, hoy solo piensan en la profesión y el dinero que les va a redituar; no es que sean cosas contradictorias, pero sin libertad y felicidad es difícil ser un buen profesional y tener prosperidad económica honesta. El movimiento hippie se desgastó y terminó, el consumo generalizado de drogas fue un factor negativo del movimiento que terminó con la vida de muchos de ellos. Lo que siguió en los setentas ya no tenía casi nada del movimiento original. Los sesentas mostraron al mundo la necesidad de mirar al espíritu humano y humanizar la sociedad.
A fines de 1970, cuando estaba por cumplir once años, mi familia emigró a Guadalajara, los horrores de la guerra de Vietnam habían hecho que mi madre tomara la decisión de cancelar nuestra emigración definitiva a Estados Unidos, tenía temor de que si continuaba nuestra naturalización estadounidense mis hermanos mayores fueran llamados a la guerra y, en un futuro, también yo. Ella rechazaba totalmente la guerra y más la idea de que sus hijos participaran. Así que, con estos años maravillosos de experiencia infantil contracultural californiana, viajé con mi familia por primera vez al centro de México, a Guadalajara, donde empezaría un nuevo capítulo de mi encuentro con la trascendencia y la base divina.

Ramón Gallegos Nava
Guadalajara, Primavera de 2004

Derechos Reservados © Dr. Ramón Gallegos Nava 2004